Old School Rally es un proyecto que nace desde una declaración de amor muy clara al automovilismo digital de los años noventa y principios de los dos mil. No es un juego que intente disimular sus referencias ni actualizar su propuesta para acomodarse a modas contemporáneas; al contrario, abraza sin complejos una identidad retro que se manifiesta tanto en su planteamiento jugable como en su apartado audiovisual. Desde el primer momento, el título deja claro que su objetivo no es competir con los grandes simuladores actuales en términos de realismo técnico, sino recuperar una forma de entender los juegos de rallies más directa, accesible y centrada en la sensación de control.
El contexto en el que aparece Old School Rally es especialmente interesante, ya que coincide con un renovado interés por experiencias de conducción más puras y menos saturadas de sistemas complejos. Frente a producciones modernas cargadas de licencias oficiales, físicas extremadamente detalladas y menús abrumadores, este juego propone un regreso a lo esencial. Su desarrollo responde a una nostalgia bien entendida, no como simple ejercicio estético, sino como una reflexión sobre qué hacía especiales a aquellos títulos clásicos y cómo reinterpretarlos con herramientas actuales sin traicionar su espíritu.

La vertiente narrativa de Old School Rally es prácticamente inexistente en el sentido tradicional del término, pero eso no significa que carezca de contexto o intención. El juego no cuenta una historia con personajes, diálogos o cinemáticas, sino que construye su relato a través de la progresión del jugador como piloto. Cada campeonato, cada tramo superado y cada mejora desbloqueada conforman una narrativa implícita basada en la superación personal y el dominio progresivo de la conducción. Es una aproximación clásica, coherente con el tipo de experiencia que quiere ofrecer.
Esta ausencia de una historia explícita juega a favor del ritmo general del juego. Old School Rally no distrae con subtramas ni intenta justificar artificialmente su estructura. Todo gira en torno al acto de conducir, competir contra el cronómetro y perfeccionar la técnica. La sensación de avance se construye mediante la acumulación de experiencia y resultados, lo que refuerza una relación muy directa entre el jugador y el coche. En este sentido, el juego transmite una filosofía clara: la historia es el propio recorrido del jugador, tramo a tramo, curva a curva.

La jugabilidad es, sin duda, el núcleo central de Old School Rally y el aspecto donde el juego demuestra mayor claridad de ideas. El sistema de conducción está diseñado para ser inmediatamente comprensible, pero con suficiente profundidad como para recompensar la práctica y la precisión. El control del vehículo se siente ágil y reactivo, con un equilibrio muy bien ajustado entre arcade y simulación ligera. No es un juego que castigue con severidad extrema los errores, pero tampoco permite conducir sin atención.
Uno de los mayores logros de la jugabilidad es cómo transmite el peso y la inercia del coche sin recurrir a modelos físicos excesivamente complejos. Cada superficie se siente distinta, y la respuesta del vehículo varía de forma perceptible según el tipo de tramo y las condiciones. El jugador aprende rápidamente que frenar tarde, trazar mal una curva o abusar del acelerador tiene consecuencias claras, pero siempre dentro de un marco que prioriza la diversión y la fluidez.
El diseño de los tramos es otro de los pilares del juego. Old School Rally apuesta por circuitos cerrados bien delimitados, con curvas pronunciadas, cambios de rasante y obstáculos colocados estratégicamente para exigir concentración constante. No hay grandes artificios visuales ni escenarios recargados; el foco está puesto en la legibilidad del recorrido y en ofrecer retos claros que se puedan aprender y dominar con el tiempo. Esta claridad en el diseño permite que cada tramo tenga personalidad propia sin necesidad de alargar artificialmente su duración.

La progresión está planteada de forma clásica pero efectiva. A medida que el jugador avanza, se desbloquean nuevos coches, campeonatos y desafíos que amplían gradualmente el abanico de posibilidades. Cada vehículo presenta un comportamiento diferenciado, obligando a adaptar el estilo de conducción y evitando que la experiencia se vuelva monótona. Esta variedad, aunque no abrumadora, está muy bien dosificada y contribuye a mantener el interés a largo plazo.
Old School Rally también destaca por su enfoque en la mejora del rendimiento personal más que en sistemas externos de personalización. Las opciones de ajuste son limitadas, pero suficientes para introducir pequeños matices en la conducción. El verdadero progreso se da en la habilidad del jugador, no en la acumulación de estadísticas. Esta decisión refuerza la sensación de honestidad del juego y conecta directamente con su espíritu retro, donde el dominio del control era la clave del éxito.

En el apartado gráfico, Old School Rally adopta una estética claramente inspirada en la era de los polígonos simples y las texturas planas, pero lo hace con un cuidado que evita caer en lo rudimentario. El estilo visual no busca engañar al ojo ni simular un realismo inexistente, sino construir una identidad coherente y reconocible. Los modelos de los coches, aunque sencillos, están bien definidos, y los escenarios utilizan el color y la geometría para crear ambientes diferenciados.
La elección de esta estética no es únicamente una cuestión de nostalgia. El diseño visual contribuye activamente a la jugabilidad, ya que facilita la lectura de los tramos y reduce el ruido visual. Las curvas, los límites del recorrido y los elementos clave del entorno se distinguen con claridad, lo que permite al jugador centrarse en la conducción sin distracciones innecesarias. Es un enfoque funcional que demuestra una comprensión muy clara de la relación entre forma y función.
Las animaciones y efectos visuales, aunque discretos, cumplen su papel sin excesos. El derrape, el polvo levantado por las ruedas o los pequeños impactos están representados de manera efectiva, aportando dinamismo sin sobrecargar la escena. El juego no necesita efectos espectaculares para transmitir velocidad; lo hace a través del ritmo, del diseño de los tramos y de la respuesta inmediata a las acciones del jugador.

El sonido es otro elemento clave en la construcción de la experiencia. Los efectos de motor están bien diferenciados entre vehículos y transmiten de forma convincente las revoluciones, los cambios de marcha y el esfuerzo mecánico. No buscan una recreación hiperrealista, pero sí una identidad sonora clara que refuerce la sensación de estar al volante. El sonido del motor se convierte en una referencia constante para ajustar la conducción, especialmente en situaciones donde la visibilidad es limitada.
La banda sonora acompaña la acción con composiciones que encajan perfectamente con el tono arcade del juego. Las pistas musicales mantienen un ritmo energético sin resultar invasivas, ayudando a mantener la concentración durante los tramos más exigentes. No se trata de melodías memorables en un sentido tradicional, sino de un acompañamiento funcional que refuerza la sensación de velocidad y competición.
El equilibrio entre música y efectos está bien medido, permitiendo que ambos elementos convivan sin imponerse el uno al otro. El resultado es un apartado sonoro coherente, que entiende su papel dentro del conjunto y evita distracciones innecesarias. Old School Rally no utiliza el sonido como simple adorno, sino como una herramienta más para reforzar la inmersión y la claridad jugable.

Desde una perspectiva crítica, Old School Rally es un juego muy consciente de sus limitaciones y virtudes. No pretende reinventar el género ni ofrecer una experiencia masiva, y esa honestidad juega claramente a su favor. Su enfoque deliberadamente clásico puede resultar insuficiente para quienes busquen contenidos extensos, modos variados o una presentación más ambiciosa. Sin embargo, dentro de su marco de referencia, el juego cumple con creces lo que promete.
El título brilla especialmente cuando se entiende como una experiencia concentrada, pensada para sesiones cortas pero intensas. Cada tramo es un desafío que invita a repetir, a mejorar tiempos y a perfeccionar trazadas. Esta estructura favorece una relación casi artesanal con el juego, donde el progreso se mide en pequeñas mejoras y no en grandes hitos espectaculares. Es una propuesta que valora la constancia y la atención al detalle.
En conclusión, Old School Rally es un homenaje sincero y bien ejecutado a una forma de entender los juegos de conducción que muchos creían olvidada. Su jugabilidad precisa, su diseño de tramos inteligente y su estética coherente se combinan para ofrecer una experiencia sólida y disfrutable. La ausencia de una narrativa tradicional se ve compensada por una progresión clara y satisfactoria, mientras que el apartado gráfico y sonoro refuerzan su identidad sin distraer del objetivo principal. No es un juego para todos los públicos, pero sí una propuesta muy recomendable para quienes valoran la conducción pura, el desafío honesto y el encanto atemporal de los clásicos. Si te interesa, el juego está disponible en formato físico para PlayStation 5 y Nintendo Switch gracias a Meridiem, con una edición especial que contiene cartas de coches coleccionables.

