Hotel Infinity se presenta como una propuesta de terror psicológico que busca situarse en un espacio muy concreto del panorama actual: el de las experiencias narrativas centradas en la atmósfera, la sugestión y la percepción alterada del entorno. Desde su concepción, el juego deja claro que no pretende competir en el terreno del espectáculo ni del susto inmediato, sino construir una sensación persistente de inquietud a través de la repetición, la ambigüedad y el uso del espacio como eje central de la experiencia. Su llegada a consolas supone además un paso importante para una obra que se apoya en la inmersión y en la cercanía física con el entorno que recorre el jugador.
Los antecedentes de Hotel Infinity se pueden rastrear en una corriente de títulos de terror contemporáneos que apuestan por escenarios cerrados y aparentemente cotidianos, transformados en laberintos mentales. El hotel, como concepto, funciona desde hace décadas como símbolo de tránsito, anonimato y pérdida de identidad, y el juego se apoya en esa carga simbólica para desarrollar su propuesta. Lejos de plantear un relato clásico de fantasmas o amenazas físicas, el título se alinea con una visión más introspectiva del miedo, donde lo perturbador surge de la duda constante sobre lo que es real y lo que no.

La historia de Hotel Infinity se articula de forma fragmentaria, evitando cualquier exposición directa o explicaciones evidentes. El jugador asume el papel de un protagonista atrapado en un hotel que parece existir fuera del tiempo, un espacio que se reconfigura constantemente y que responde a una lógica propia. No hay un objetivo claro desde el inicio, más allá de avanzar y tratar de comprender qué está ocurriendo. A través de pequeños detalles, escenas ambiguas y cambios sutiles en el entorno, el juego va sugiriendo una relación profunda entre el personaje y ese lugar imposible.
Narrativamente, el hotel actúa como una extensión de la mente del protagonista. Las habitaciones, los pasillos y las zonas comunes no solo cambian físicamente, sino que parecen reflejar estados emocionales, recuerdos reprimidos y conflictos internos. Esta forma de contar la historia exige una participación activa del jugador, que debe interpretar símbolos y reconstruir el relato a partir de fragmentos dispersos. No se trata de una narrativa lineal ni cerrada, sino de una experiencia que se completa en la mente de quien la juega.
La valoración de la historia depende en gran medida de la predisposición del jugador a aceptar la ambigüedad como parte fundamental del discurso. Hotel Infinity no ofrece respuestas claras ni un desenlace explicativo que ate todos los cabos. En su lugar, apuesta por dejar una impresión duradera, una sensación de inquietud que persiste más allá de los créditos. Para algunos, esta falta de concreción puede resultar insatisfactoria, pero para otros refuerza el carácter psicológico del conjunto y su coherencia temática.

La jugabilidad de Hotel Infinity se construye sobre una base sencilla, pero cuidadosamente diseñada. El eje principal es la exploración en primera persona de un entorno que se repite y se transforma de manera constante. No hay combates ni sistemas de progresión tradicionales, lo que sitúa al jugador en una posición de vulnerabilidad permanente. La experiencia se centra en observar, escuchar y avanzar, asimilando los cambios del entorno y aprendiendo sus reglas implícitas.
Uno de los aspectos más interesantes de la jugabilidad es el uso deliberado de la repetición. El jugador recorre una y otra vez los mismos pasillos y espacios, pero cada iteración introduce pequeñas variaciones que alteran la percepción del lugar. Una puerta que antes estaba cerrada ahora se abre, un objeto cambia de posición, una habitación presenta un detalle inquietante que antes no estaba allí. Este diseño obliga a prestar atención constante y convierte la memoria espacial en una herramienta fundamental para progresar.
Los puzles están integrados de manera orgánica en el entorno y rara vez se presentan como desafíos aislados. En muchos casos, resolver un enigma implica entender cómo funciona el propio hotel, qué elementos responden a ciertas acciones y cómo se desencadenan los cambios en el espacio. Esta integración refuerza la sensación de coherencia interna y evita que los acertijos rompan el ritmo narrativo. La dificultad está planteada de forma progresiva, más centrada en la observación y la lógica que en la complejidad extrema.

El ritmo de la experiencia es deliberadamente pausado. Hotel Infinity no tiene prisa por llevar al jugador de un punto a otro, sino que le invita a recorrer los espacios con calma, a detenerse y a absorber la atmósfera. Esta cadencia lenta puede resultar exigente para quienes busquen estímulos constantes, pero es clave para construir la tensión psicológica que define al juego. La ausencia de amenazas directas no elimina el miedo, sino que lo transforma en una inquietud latente, sostenida en el tiempo.
A nivel de interacción, el juego apuesta por un sistema sencillo y accesible. Examinar objetos, abrir puertas o activar mecanismos son acciones básicas que se realizan de forma intuitiva. Esta simplicidad permite que toda la atención se centre en la experiencia sensorial y narrativa, sin distracciones mecánicas. La jugabilidad no busca sorprender por su complejidad, sino por cómo utiliza elementos simples para generar una experiencia perturbadora y coherente.

El apartado gráfico de Hotel Infinity se caracteriza por un realismo contenido, al servicio de la atmósfera. El hotel está representado como un espacio reconocible, con habitaciones, pasillos y zonas comunes que podrían pertenecer a cualquier establecimiento real. Sin embargo, pequeños detalles visuales introducen una sensación de extrañeza constante. La iluminación, en particular, juega un papel clave, utilizando sombras profundas y contrastes marcados para crear zonas de incertidumbre.
Los cambios visuales en el entorno son sutiles, pero efectivos. Una habitación puede parecer normal en un primer momento y resultar inquietante en una segunda visita debido a una alteración mínima, casi imperceptible. Este uso del detalle obliga al jugador a observar con atención y refuerza la idea de que el hotel es un espacio vivo, en constante transformación. No se trata de un despliegue técnico espectacular, sino de una dirección artística coherente y bien enfocada.
Desde el punto de vista técnico, el juego mantiene un rendimiento estable que favorece la inmersión. No hay elementos visuales que rompan el tono ni decisiones estéticas que desentonen con la propuesta general. Todo está diseñado para reforzar la sensación de aislamiento y desconcierto, demostrando una clara comprensión de cómo el apartado visual puede apoyar la narrativa y la jugabilidad.

El sonido es uno de los pilares fundamentales de Hotel Infinity y un elemento clave para su impacto emocional. La banda sonora es minimalista y se utiliza con mucha moderación, apareciendo solo en momentos concretos para subrayar sensaciones específicas. En gran parte de la experiencia, el silencio domina, convirtiéndose en una herramienta de tensión tan poderosa como cualquier composición musical.
Los efectos de sonido están diseñados con gran cuidado, utilizando ruidos ambientales, crujidos, ecos lejanos y sonidos indefinidos para generar una atmósfera opresiva. El jugador nunca puede estar completamente seguro de la procedencia de lo que escucha, lo que refuerza la sensación de vulnerabilidad. El sonido no solo acompaña la acción, sino que juega con la percepción, generando dudas y aumentando la tensión psicológica.
El uso del doblaje es limitado, pero efectivo. Cuando aparecen voces, lo hacen de forma medida y coherente con el tono introspectivo del juego. No hay exceso de diálogo ni explicaciones verbales, lo que refuerza la sensación de soledad y aislamiento. El apartado sonoro, en su conjunto, demuestra una comprensión profunda de cómo el audio puede ser una herramienta narrativa de primer nivel.

En conclusión, Hotel Infinity es una experiencia de terror psicológico que apuesta por la coherencia, la atmósfera y la sugestión por encima del impacto inmediato. Su historia fragmentada invita a la interpretación, su jugabilidad se apoya en la exploración y la observación, y su apartado audiovisual trabaja de forma unificada para generar una sensación constante de inquietud. No es un título pensado para todos los públicos, especialmente para quienes busquen acción o respuestas claras, pero sí para aquellos que valoren una aproximación más reflexiva al género.
La valoración final es la de un juego consciente de sus objetivos y de sus límites, que no intenta abarcar más de lo que puede ofrecer. Hotel Infinity destaca por su capacidad para convertir un espacio cotidiano en un escenario perturbador, utilizando la repetición, el silencio y la ambigüedad como herramientas narrativas. Para el jugador dispuesto a sumergirse en su ritmo pausado y su lógica interna, la experiencia resulta inquietante, absorbente y, sobre todo, memorable.

