Dog Witch se presenta como una mezcla audaz entre roguelike, construcción de mazos (deck-builder) y mecánicas de dados, con una estética llamativa y un sentido del humor que no pasa desapercibido. Desarrollado por el estudio independiente Heckmouse y publicado por Mystic Forge, salió a la venta el 5 de noviembre de 2025 en Steam.
La propuesta de Dog Witch es compacta y atrevida: encarnar a una “bruja-perro” que lanza hechizos mediante dados encantados, personalizando su pelaje, sombrero y hasta su “chonk nivel” en tono desenfadado. Steam Store+1 Con una base de más de 150 objetos mágicos, artefactos, invocaciones y reliquias, el título busca ofrecer partidas breves, rejugables y siempre diferentes, apelando tanto a quienes disfrutan la estrategia como a quienes buscan algo caótico, imprevisible y divertido.
Dog Witch es, en esencia, un juego pequeño de espíritu indie, pero con ambición clara de combinar accesibilidad, rejugabilidad y originalidad. El hecho de que funcione sin complicaciones técnicas notorias, sea compatible con Steam Deck y tenga una interfaz traducida al español (entre otras 14 lenguas) apunta a que su desarrollador quería facilitar su alcance a audiencias variadas.

En lo argumental, Dog Witch no aspira a una narrativa densa ni a grandes arcos dramáticos; más bien usa su historia como un pretexto para sustentar la temática, el tono y la ambientación surrealista. El trasfondo explica que el protagonista era un perro común hasta que, por accidente mágico, se convierte en “Dog Witch” — mitad perro, mitad bruja — y emprende un viaje para enfrentarse a su antiguo dueño, un “Mad Master Wizard”. Esa premisa, sencilla y divertida, sirve de hilo conductor para justificar las “corridas” (runs), los combos de dados y la progresión de mazo.
El mundo de Dog Witch es intencionalmente bizarro: los enemigos van desde muñecas rusas armadas hasta máquinas expendedoras hechizadas, pasando por “Cat Ladies vengativas”, ponis láser, ratas con armas o esqueletos como aliados. Esa galería de personajes extraños contribuye al tono cómico y a la naturaleza imprevisible del juego.
La “historia” —en su acepción más relajada— se revela poco a poco en cada partida: no hay escenas largas ni cinemáticas, sino contexto a través de los objetos, los enemigos y el simple acto de progresar. Esa ligereza narrativa es coherente con la propuesta: Dog Witch no busca emoción profunda, sino diversión desenfadada, caos estratégico y un humor que no se toma en serio.
Esa decisión de diseño tiene sus riesgos: para quien busque una trama robusta, la experiencia puede sentirse ligera o superficial. Pero dado el enfoque del juego —su fusión de mecánicas roguelike con cartas, dados y caos visual— la historia cumple su función: dar identidad, tono y sentido lúdico a la propuesta sin recargarla.

La jugabilidad es, sin duda, el corazón de Dog Witch. El juego combina mecánicas de deck-building con elementos de roguelike y dados mágicos que alimentan tus hechizos, invocaciones y efectos especiales. La estructura de cada “run” está pensada para ser breve pero intensa, con decisiones estratégicas, azar calculado y constantes adaptaciones.
En esencia, cada turno implica lanzar un conjunto de dados encantados, cuyos resultados determinan las acciones disponibles: invocar aliados, generar armadura, acumular magia, activar hechizos u obtener efectos especiales de objetos. El jugador puede relanzar los dados hasta dos veces, buscando combinaciones favorables. Esa mecánica introduce un equilibrio entre aleatoriedad y decisión: improvisación y estrategia al mismo tiempo.
El elemento de construcción de mazo se manifiesta mediante artefactos, reliquias, objetos mágicos y equipo diverso (incluyendo sombreros, accesorios y variaciones “corruptas” de los objetos) que modifican las posibilidades de cada tirada. Esa diversidad permite explorar muchas sinergias: invocaciones inesperadas, cadenas de efectos, combinaciones arriesgadas que pueden cambiar radicalmente el curso de una partida. Esa libertad táctica es probablemente el mayor valor de Dog Witch: la personalización de tu estilo, la experimentación constante, la mezcla de lo planeado con lo caótico.

El ritmo de las partidas está calibrado para ser ágil: las sesiones son breves, ideales para quienes buscan partidas rápidas, rejugables y sin compromisos largos. Esa cadencia facilita que el juego funcione como una “descarga lúdica”: una sesión ligera entre horas de trabajo, una pausa relajada, una experiencia que no exige concentración prolongada.
No obstante, esa ligereza también puede ser una limitación. La dependencia del azar —dados, efectos, invocaciones imprevisibles— puede frustrar a algunos jugadores cuando sienten que la suerte pesa más que la habilidad. Además, aunque hay muchos objetos y combinaciones posibles, la profundidad estratégica queda algo limitada comparada con otros roguelikes o deck-builders más elaborados. Algunos críticos señalan que Dog Witch es “fácil de aprender, pero no tan profundo como otros en su género”.
La rejugabilidad es, sin embargo, uno de sus puntos más sólidos: la enorme cantidad de objetos, combinaciones, aliados, enemigos y variaciones hacen que pocas partidas se parezcan. Cada “run” resulta distinta, con retos y posibilidades nuevas. Esa variabilidad refuerza el valor lúdico del título: no se trata solo de vencer, sino de experimentar, adaptarse, improvisar y, en muchos casos, reír —porque el absurdo del mundo también forma parte del diseño.
En resumen, Dog Witch apuesta por una jugabilidad accesible, ligera, delirante pero suficientemente estructurada para ofrecer decisiones tácticas y recompensas por experimentación, aunque sin pretender ser un mastodonte estratégico. Su éxito radica en ese equilibrio: casual cuando lo necesitas, lo bastante estratégico cuando te lo propones.

Visualmente, Dog Witch adopta un estilo desenfadado, caricaturesco, colorido y marcado por lo surrealista. Los diseños recuerdan a dibujos animados irreverentes, con personajes excéntricos, enemigos inusuales, invocaciones extrañas y un tono general de fantasía estrafalaria, lo que encaja con su apuesta por lo absurdo y lo humorístico.
La estética no busca realismo: los efectos mágicos, las invocaciones, los objetos, los personajes —desde perros-brujos hasta máquinas expendedoras malévolas— tienen una dimensión exagerada, juguetona, casi psicodélica en ocasiones. Esa decisión ayuda a situar el juego fuera de los cánones convencionales, y a reforzar su identidad propia. El aspecto cartoon alegre y distorsionado contribuye a que el tono no se tome en serio; al contrario, invita a reír, a disfrutar del caos visual, a dejarse llevar por lo imprevisible.
En cuanto a rendimiento técnico, el juego parece ligero: los requisitos mínimos no son exigentes, lo que permite que muchos equipos puedan moverlo sin problemas. Además, Dog Witch está verificado para Steam Deck, lo que amplía su accesibilidad para quienes prefieren jugar en portátil. Eso es un punto a favor para un título indie que apuesta por la difusión.
Sin embargo, la apuesta estética implica también limitaciones: dado su estilo gráfico simplista y caricaturesco, quienes buscan gráficos realistas o pulidos pueden sentirse decepcionados. Algunos escenarios o animaciones pueden parecer simples o poco detallados comparados con estándares triple A. Pero como estética deliberada, esa simplificación no desentona: Dog Witch nunca quiso competir en realismo, sino en personalidad, contraste y coherencia con su propuesta.

El apartado sonoro de Dog Witch contribuye de forma destacada a su personalidad. La banda sonora adopta un aire relajado, con tonos “dream-hop” y arreglos minimalistas que acompañan bien el ritmo de las partidas: no buscan épicas orquestales, sino una ambientación que encaje con la sensación de caos controlado, de comedia y de ritmo accesible. Esa estética “soñadora” combina bien con los elementos visuales y con la mecánica de dados, ayudando al jugador a entrar en la dinámica del juego sin sobresaltos.
Los efectos sonoros —dados rodando, invocaciones, hechizos, impactos, gruñidos extraños, sonidos absurdos de enemigos peculiares— están pensados para reforzar lo cómico, lo extrañado y lo impredecible. Cada acción suena distinta, cada invocación tiene presencia audible, lo que ayuda a dar peso a los efectos y a reforzar la sensación de magia chirriante, de fantasía retorcida. Esa coherencia entre lo acústico y lo visual refuerza la identidad del título.
Dog Witch no depende de voces excesivas ni de diálogos densos; su enfoque no es narrativo por voz, sino por mecánicas y por ambiente. Eso permite que el sonido principal se concentre en lo atmosférico, lo mágico y lo absurdo, lo que resulta coherente con su propuesta global. En resumen: no es un diseño sonoro hiperrealista, pero sí uno muy coherente, eficaz para potenciar la experiencia que aspira a ofrecer.

Dog Witch es un juego que asume su locura desde el momento en que lees su premisa: un perro brujo lanzando dados mágicos, invocando esqueletos, ponis láser o ratas armadas, luchando contra máquinas expendedoras poseídas. Esa valentía estética y de diseño le da personalidad, lo diferencia del mar de títulos indie y lo convierte en una experiencia con identidad propia.
Su jugabilidad, aunque basada en mecánicas conocidas (roguelike + deck-builder + dados), logra una integración satisfactoria: las decisiones estratégicas conviven con la improvisación, la repetición con la exploración de sinergias. Las sesiones son accesibles, rápidas, y a la vez suficientemente abiertas para ofrecer recompensas a quienes se tomen el tiempo de experimentar. El balance entre azar y estrategia, entre caos y control, es uno de sus aciertos principales.
Visual y sonoramente, Dog Witch no sorprende por su sofisticación técnica, pero sí por su coherencia estética: su estilo cartoon-surrealista, su humor, su caos visual y auditivo, encajan con lo que el juego pretende ser. No intenta engañar: su tono lúdico es deliberado, su estética deliberadamente irreverente.
Por supuesto, no es para todos. Si lo que buscas es profundidad narrativa, realismo, solemnidad o tensión dramática, Dog Witch puede quedarse corto. Su ligereza, su apuesta por el caos y la aleatoriedad, su simpleza mecánica en comparación con otros roguelikes más elaborados lo convierten en un juego más de disfrute inmediato que de análisis profundo. Pero para quien acepte su filosofía, para quien celebre lo raro, lo imprevisible, lo divertido, Dog Witch tiene suficiente personalidad, chispa y comicidad como para merecer una oportunidad.
En definitiva, Dog Witch es una bocanada de aire fresco en el género roguelike-deckbuilder: irreverente, accesible, creativo y caótico, con una identidad clara y una propuesta de diversión directa y sin complejos. Para quienes estén dispuestos a soltar los dados, abrazar la suerte y reír ante lo inesperado, este título puede ofrecer muchas horas de caos mágico y gangas lúdicas.

