Death Stranding 2 es la esperada secuela del singular título desarrollado por Kojima Productions y publicado por Sony Interactive Entertainment. Tras el impacto que generó Death Stranding en 2019 —un juego que dividió a crítica y jugadores por su enfoque introspectivo, minimalista y profundamente simbólico—, esta segunda entrega llega con la promesa de expandir su universo, refinar sus mecánicas y seguir desafiando las convenciones del medio.
Hideo Kojima, conocido por su estilo narrativo críptico y su visión cinematográfica, regresa con un elenco estelar que incluye a Norman Reedus, Léa Seydoux, Troy Baker y Elle Fanning. En un momento en que la industria parece apostar fuerte por las secuelas conservadoras y las fórmulas seguras, Death Stranding 2 se atreve a ser distinto, a veces incluso en exceso. Pero eso es parte de su identidad: un viaje que no busca agradar a todos, sino dejar una marca profunda en quienes se atrevan a recorrerlo.

Death Stranding 2: On the Beach continúa la historia de Sam Porter Bridges tras los eventos del primer juego. Aunque se sitúa en un mundo algo más reconectado, los peligros persisten: las playas —esos misteriosos umbrales entre la vida y la muerte— siguen siendo el epicentro de fenómenos inexplicables. La humanidad aún lucha por sobrevivir en un planeta donde las fronteras entre los vivos y los muertos están más difusas que nunca. Sam, junto a Fragile y nuevos personajes, deberá enfrentarse a una amenaza que redefine el concepto de existencia.
A diferencia del primer título, que era esencialmente una historia de reconstrucción y esperanza, Death Stranding 2 es más existencialista. Aborda temas como la identidad, el sacrificio, el destino y la paternidad desde una óptica filosófica y profundamente emocional. La narrativa sigue siendo fragmentada, llena de simbolismo, metáforas visuales y diálogos densos que requieren atención y reflexión.
Uno de los mayores logros del juego es que, pese a lo críptico que puede parecer en ocasiones, consigue mantener un núcleo emocional muy humano. La relación entre Sam y Lou, las motivaciones de Fragile o el enigmático papel del nuevo antagonista interpretado por Troy Baker (quien regresa con un enfoque radicalmente diferente) añaden capas de profundidad a un mundo ya de por sí complejo.
¿Es una historia para todo el mundo? No. Pero para quienes se dejen llevar, es una experiencia narrativa rica, arriesgada y emocionalmente impactante.

La jugabilidad de Death Stranding 2 se apoya en los cimientos del original, pero introduce suficientes novedades como para sentirse fresca. El llamado “strand system” —el concepto de conexión social indirecta entre jugadores— regresa con más sofisticación, ampliando las posibilidades de colaboración asíncrona. Puedes construir estructuras, dejar recursos o incluso mensajes para otros jugadores que atraviesan el mismo mundo, reforzando la idea de comunidad en un entorno desolador.
El núcleo de la experiencia sigue siendo el desplazamiento: caminar, planificar rutas, sortear obstáculos y gestionar el peso de la carga. Sin embargo, ahora se siente mucho más ágil y dinámico. Se han añadido nuevos vehículos, herramientas (como drones y exoesqueletos mejorados) y mecánicas que hacen que el transporte sea más versátil sin perder ese toque meticuloso que lo define.
Las secciones de acción también han recibido una atención especial. El combate sigue sin ser el foco principal, pero se ha mejorado notablemente. Las armas no letales, las herramientas de defensa y los encuentros con enemigos humanos o entidades del Más Allá ahora tienen más variedad y tensión. Además, los enfrentamientos contra jefes han sido rediseñados con un enfoque más dramático y simbólico, convirtiéndose en momentos clave tanto en lo jugable como en lo narrativo.
Una novedad interesante es el sistema de “resonancia emocional”: ciertas decisiones y comportamientos tienen eco en el mundo y en las reacciones de otros personajes. Esto no convierte al juego en un RPG con múltiples finales, pero sí le da una sensación de personalización y reactividad que añade capas al conjunto.
En definitiva, la jugabilidad de Death Stranding 2 es más pulida, menos torpe, y mucho más rica en posibilidades, sin renunciar a su esencia contemplativa.

Gráficamente, Death Stranding 2 es uno de los títulos más impresionantes de esta generación. Desarrollado en una evolución del motor Decima —el mismo que utilizan juegos como Horizon Forbidden West—, el nivel de detalle es simplemente abrumador. Desde los paisajes apocalípticos bañados por lluvias negras hasta los interiores tecnológicos, todo luce con un fotorrealismo impecable.
El modelado facial de los personajes es otro de los puntos fuertes. Las expresiones, los gestos, las miradas: todo contribuye a una actuación digital que se siente tan real como cualquier interpretación en cine. El trabajo de captura de movimiento es milimétrico, y permite que incluso las escenas más surrealistas conserven una carga emocional poderosa.
El diseño artístico merece mención aparte. Hideo Kojima y su equipo no temen lo extraño ni lo simbólico. Los enemigos, los escenarios oníricos, las secuencias en la playa o los espacios interdimensionales están cargados de una imaginería visual única, muchas veces desconcertante, pero siempre sugerente. El juego abraza lo grotesco, lo bello y lo incomprensible con la misma naturalidad.
Además, la optimización técnica está muy cuidada. En PS5, el juego corre de manera fluida con tiempos de carga casi nulos, soporte para trazado de rayos y una iluminación dinámica que realza la atmósfera de cada zona.

El apartado sonoro de Death Stranding 2 es magistral. La banda sonora, compuesta por Ludvig Forssell y con aportes de otros artistas como Low Roar, CHVRCHES o Apocalyptica, sigue siendo uno de los pilares emocionales del juego. La música se integra de forma orgánica en momentos clave, subrayando el aislamiento, la tensión o la belleza del paisaje con una sensibilidad poco habitual.
Uno de los aciertos más grandes es la manera en que el silencio también se convierte en parte de la banda sonora. Hay largos tramos en los que solo se escucha el viento, los pasos de Sam, o el crujir de su equipo. Este uso del sonido refuerza la sensación de inmersión y de soledad que define la experiencia.
Los efectos de sonido son precisos y atmosféricos. Cada pisada en distintos terrenos, el sonido metálico de los dispositivos, o los lamentos distorsionados de los entes espectrales están cuidados al detalle. Todo contribuye a una sensación de presencia que es difícil de igualar.
En cuanto al doblaje, tanto en inglés como en japonés, es sobresaliente. Norman Reedus entrega una actuación contenida pero profunda, mientras que Troy Baker demuestra nuevamente su versatilidad. Las voces están dirigidas con mimo, y los matices emocionales de cada línea contribuyen enormemente a la narrativa.

Death Stranding 2 no es un juego para todos, y eso está bien. Su historia es densa, emocional y plagada de simbolismo, pero para quien conecte con ella, ofrece un viaje único y profundamente humano. La jugabilidad se ha refinado hasta convertirse en una experiencia más rica, sin perder el ritmo pausado y meditativo que la caracteriza. Gráficamente es una obra deslumbrante, con un apartado artístico tan personal como ambicioso. Y en lo sonoro, vuelve a demostrar que Kojima sabe utilizar la música y el silencio como herramientas narrativas de primer orden.
Es un juego valiente, arriesgado, imperfecto y profundamente autoral. En una industria donde muchas veces se prioriza la eficiencia sobre la identidad, Death Stranding 2 es un recordatorio de que el videojuego también puede ser una forma de arte. Si estás dispuesto a recorrer su largo camino, probablemente no lo olvides nunca.

